79 Park Avenue(c.1) by Harold Robbins

79 Park Avenue(c.1) by Harold Robbins

Author:Harold Robbins
Language: es
Format: mobi
Tags: thriller
Published: 2010-08-15T23:00:00+00:00


CAPITULO II

Miró el libro registro que el empleado colocó frente a ella. Dudó por un momento. Tres dólares y medio por día era mucho dinero. Incluso por una habitación de lujo, con baño privado y ducha. A ese paso, sus ahorros no iban a durar mucho. Sólo tenía poco más de cien dólares.

Pero había esperado demasiado tiempo para que aquello la hiciera desistir. Se lo había prometido a sí misma desde que la encerraron allí. Apresuradamente, empezó a garrapatear.

Mary Flood... Yorkville, N. Y... Nov. 20, 1937 Devolvió el libro al empleado, que miró lo que había escrito y luego pulsó, sonriendo, un timbre que había en el mostrador.

—¿Acaba de salir de la escuela, Miss Flood?

Ella asintió. No sabia cuán cierto era lo que acababa de decir.

Llegó un botones y cogió su maleta. El conserje le dio la llave.

—Acompaña a Miss Flood a la habitación 1.204.

Esperó a que la puerta se hubiera cerrado tras el botones y se tiró sobre la cama. Sintió que se hundía deliciosamente en ella. Era como reposar sobre una nube. Aquello era una cama, una verdadera cama. No como una de aquellas imitaciones que tenían allá. Rodó sobre sí misma y bajó por el otro lado. Se dirigió a la puerta del cuarto de baño y la abrió.

La reluciente porcelana blanca y el mosaico brillaron ante sus ojos. Contempló admirativamente la bañera de estilo moderno, empotrada en el suelo. Tocó el borde con precaución. Era suave, no raspaba, como las antiguas de metal. Dejó la mano ligeramente apoyada allí, mientras contemplaba la habitación.

En el toallero había toallas turcas, ligeras, suaves y esponjosas. Se acercó rápidamente y tomó una. Enterró la cara en ella. No tenía nada de áspera como las toallas de algodón. Respiró profundamente. Aquello era vivir.

Miró su reloj. Casi mediodía. Tenía que comprar algunas cosas antes de tomar aquel largo baño que se había prometido a sí misma. Contra su voluntad, volvió a dejar la toalla en su sitio y salió del cuarto de baño.

Cogió el bolso y lo abrió. Contó el dinero una vez más. Ciento dieciocho dólares. Era lo que había ahorrado de lo que le pagaron por trabajar en la lavandería. Sacudió la cabeza varias veces, como para quitarse de encima el vapor y el olor acre del jabón malo y de la solución de hipoclorito de sodio que la había rodeado durante tanto tiempo. Decididamente cerró el bolso y caminó hacia la puerta.

Se paró en los escalones del hotel y contempló Broadway. Era la hora de la comida, y las calles estaban aún más llenas que de costumbre. Todo el mundo iba a alguna parte. La gente tenía la cara seria, con expresión decidida, y no miraban a su alrededor. Ella se maravilló.

Parecían tomarlo todo como cosa natural, no como un privilegio. Eso era algo que ella nunca volvería a sentir.

Miró calle abajo. En el «Paramount» pasaban la nueva película de Bing Crosby, la que hacía con Kitty Carlisle. En el «Rialto» hacían dos de terror, y en el «New Yorker», dos westerns.



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